Las Universidades y las Humanidades, como expresión del mundo político-cultural, fueron blanco predilecto del plan represivo y “refundacional” de la última dictadura. Estudiantes, profesores e investigadores fueron expulsados de sus puestos de trabajo, perseguidos hasta el exilio, la prisión o su desaparición y muerte. El fin de la dictadura e inicio del gobierno democrático en diciembre 1983 supuso un cambio en la actitud estatal hacia la cultura, la universidad y la juventud.